Era una fría tarde de Invierno, otra tarde más para cualquier persona, menos para el Señor Rossi: ese momento que tanto había esperado estaba a punto de llegar. Cualquiera que lo hubiese visto allí esperando en la plaza se hubiese dado cuenta que nunca había estado tan elegante como en aquella ocasión, impecable con el traje negro que había heredado de su abuelo y que solamente debía ser usado en un evento especial como este.
De su bolsillo superior izquierdo, protegiendo su corazón, sobresalía una rosa blanca, la misma rosa que había cultivado para regalársela a esa mujer especial, pero que por esas cosas raras de la vida nunca se animó a dársela. En su bolsillo superior derecho tenía un atado de cigarrillos. No sabía lo que era fumar ni el placer que originaba, pero también sabía que iba a ser una buena compañía en el largo camino que iba a comenzar a transitar muy pronto.
Ansioso, el Señor Rossi miró su reloj: las 18:06. Soledad, su compañera de toda la vida, no tardaría en llegar. La vio venir caminando pausadamente del otro extremo de la plaza, iluminando esa tarde tan gris con la luz de sus ojos verdes. Ella también estaba vestida para la ocasión, con ese vestido blanco inmaculado que apenas cubría sus rodillas y resaltaba el color esbelto de su piel. Su pelo negro ondulado, suelto sobre sus hombros, se movía siguiendo el sonido del viento mientras se acercaba.
Al llegar a su lado, ninguno de los dos pudo evitar sonreir, asombrados de la belleza del otro. Luego de un silencio que pareció eterno, el Señor Rossi fue el primero en hablar:
- Estás muy linda Soledad.
- Usted también está muy guapo Señor Rossi. Tan guapo que me animaría a decir que si va a buscar a aquella mujer ahora mismo, la respuesta a su pregunta va a ser que sí.
- Vos fuiste mi compañera de toda la vida y no puedo abandonarte.
- Yo solamente soy la compañera de los cobardes que no se animan a luchar por lo que sienten, y usted lo sabe muy bien.
- Ya sé qué tenés razón, pero soy así y no voy a cambiar nunca.
- Nunca es tarde Señor Rossi, nunca.
- Para mí sí.
- Todavía está a tiempo, puede intentarlo por última vez .....
- Si quisiera intentarlo una vez más, no te hubiese llamado para verte hoy. Así que por favor, no nos demoremos.
Soledad no pudo evitar que una lágrima se le escapara, empañando la luz que irradiaban sus ojos. Pero ella era solamente un instrumento de Dios y no podía ir en contra de la voluntad de los hombres, así que prosiguió con la tarea que le había encomendado el Señor Rossi. Acomodó las mangas de su camisa, lo roció con un perfume de amapolas y colgó de su cuello su Rosario de perlas. Luego tomó sus manos frías y murmuró entre sollozos unas palabras inentendibles por los humanos. Por último, dirigiéndole una sonrisa triste pero verdadera, Soledad le habló por última vez:
- ¿Está listo Señor Rossi?
- Estoy Listo.
Y fue así como Soledad abrió sus alas y emprendió su vuelo, llevándose al Señor Rossi por siempre de este mundo
1 comentarios:
Acá estoy, como te dije ayer, leyendo lo nuevo que subiste..
Cada día son mejores las cosas que estas escribiendo, me encanto hnito!! :D
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